Te molesta molestarte. Por lo que leo, veo que estás haciendo algo para atender tu situación. Yo no doy terapias ni nada parecido, no tengo autoridad para darte ningún tipo de consejo. Aún así quiero expresarte mi gusto por saber que estás haciendo algo al respecto.
Me comentas: «He tenido que aprender a dividir mi “consciencia” en dos: Mi yo en piloto automático y mi yo policía que revisa palabra por palabra y pensamiento por pensamiento en busca de corregir mis iras y mis molestias cuestionables».
Probablemente antes no lo notabas: ahora un grado de tu consciencia está al acecho. Esto cuesta esfuerzo, sin duda, pero recuerda que los esfuerzos —en múltiples ocasiones— rinden frutos.
Me ha encantado leerte. Muchas gracias por compartirme tu experiencia.
El calor mata gente. Fatiga y malhumora, te hace sudar, sentirte sucio. No te permite vestirte como quieres. También el calor limita tus planes de salida. El calor es asfixiante.
En la ciudad donde vivo la gente suele tomar cervezas sacadas de la hielera, esto quiere decir que si alguien va a comprar cerveza y no hay hielo, es casi seguro que no comprará en ese lugar.
Esto me recuerda que no todo lo que proviene del calor es malo. Al combatirlo con cerveza helada puede aportar diversión. Uno puede terminar en la playa o en algún lugar con sus amigos, muriendo de risa.
Es curioso. Ayer me sumergí en pensamiento con el tema del ghosting: terminé expresando que pocas razones podrían justificar este fenómeno.
«A mí en lo personal me molesta mucho que el mundo subestima el silencio y que el no tener mucho que decir sea visto como algo negativo socialmente. Es entendible que suceda eso porque estamos en una época hiper conectada en la que todos tienen un mensaje y comunicarse de manera genuina es imposible entre tanto ruido».
Ahora con tus palabras encuentro una óptica diferente en cuanto a la decisión de guardar silencio —que no precisamente consiste en hacer ghosting, aunque el ghosting, según el caso, también podría caber aquí—.
«Creo que ahora es el tiempo en la historia humana en el que menos ha habido espacio para la introspección y esto se ve reflejado en la mala escucha porque es muy difícil verse en el otro si uno no se ha visto a sí mismo».
No podemos empatizar con los demás hasta que la experiencia se nos manifiesta con una situación similar a la que los demás han vivido.
De modo que, si no somos capaces de conocernos a nosotros mismos, estaremos en problemas —y es aquí donde viene lo más difícil—: no conocemos las respuestas ni las soluciones a una cantidad que parece ser infinita de conflictos. Tal parece que estamos demasiado fregados. Como humanos es muy fácil perdernos: la vida individual no nos alcanza para conocernos a nosotros mismos —aún en el caso hipotético de que dedicáramos gran parte de nuestro tiempo haciendo introspección—. Pero vamos al tema del silencio.
Por lo que entiendo el silencio —o la recepción de pocas palabras— puede ser parte de un proceso introspectivo, de una contemplación, de una personalidad o incluso de un deleite individual, y sin lugar a dudas estos puntos son muy humanos.
Sin embargo —con el tema de ayer— no puedo ignorar que las acciones tienen consecuencias, y esas consecuencias de silencios puntuales es lo que lamentablemente afecta a los individuos de nuestra sociedad vertiginosa.
Creo que nos haría bien aprender a identificar más sobre los tipos de silencio.
«Odio que la gente por más que esté ocupada no pueda ni aunque sea responder con un me gusta o un ‘luego respondo‘».
Esto me pone a pensar demasiado: los humanos somos despistados, somos dispersos. Pero también podemos quedarnos sin escribir para no entrar en mayores conflictos, para no hacer más daño a alguien o para que ese alguien ya no nos dañe más.
Cada acto tiene una reacción. En lo personal no creo que existan demasiadas razones para justificar el ghosting. El daño que se hace con el silencio puede escalar a un nivel superior. Sin duda a los humanos nos pegan en el orgullo cuando no recibimos una respuesta esperada, pero seguro hay algo más. No únicamente nos pegan en el orgullo; en ocasiones ese silencio se queda alimentando gota a gota nuestra retorcida imaginación. Ese silencio nos va carcomiendo la calma lentamente. Supongo que eso es un verdadero problema en nuestra sociedad.
Si no te gustan las cámaras deberá ser muy difícil ser patinador y estar expuesto constantemente a ellas. Nunca lo había pensado. Los músicos tenemos la comodidad de practicar a puerta cerrada; nos preparamos cómodamente, y por lo regular es hasta el día en el que hay una presentación cuando las cámaras nos están apuntando. Pero ustedes, los patinadores, vamos, qué difícil; el nivel de esa presión extra lo tienen desde un inicio, tras estar siendo expuestos en sus prácticas al aire libre. Te deseo mucha fuerza.
Si no te quieres enojar con facilidad —ya que esto te molesta— creo que puedes trabajarlo. Sin embargo, como humanos todos llegamos a tener días difíciles, eso nos pone en una posición vulnerable; podemos llegar a enojarnos como un rayo en determinados momentos.
Me llama la atención que te irrite los cambios de planes abruptamente. Esto, ahora en menor medida, ha sido un fenómeno constante en mi vida. Uno cuando hace cambio de planes por lo regular afecta a su entorno. Con ello también se pierde la continuidad a objetivos y proyectos, pero pueden surgir nuevas ilusiones, abrirse nuevas brechas o puede permitirte descubrir otras rutas a destinos más interesantes.
¿Sabes?, yo tampoco puedo con el positivismo en abundancia.
Las mentiras son amargas. Aún así me gustaría tener ese instinto casi paranormal que tienes para detectar cuando te mienten.
Hace tiempo me interesé por la audiofilia. Compré unas bocinas usadas en Mercado Libre con toda ilusión. El vendedor apuntaba en la descripción que estaban en muy buen estado y que los detalles de la bocina eran únicamente estéticos. Cuando llegaron las conecté apresurado para oírlas, y oh decepción. Sonaban terrible. ¡Estaban rotas!
Fuiste la primera en escribirme. Me siento afortunado de que mi blog tenga interacción y nueva vida, así que muchas gracias por el gesto.
Es curioso que la gente quejosa sea una de las cosas que te molestan —la gente quejosa a mí también me molesta, ¿sabes?, aunque a decir verdad estas personas pueden recordarme a Shikamaru Nara—. Como dices: «esas personas que lo hacen siempre —el quejarse— denotan una gran señal de que algo a nivel interno no anda bien». Aún así, quiero pensar que hay algo más en ellos; me imagino que, como si se tratara de Shikamaru, estas personas guardan algo especial dentro de sí.